martes, 23 de agosto de 2016

Relajar el pony



El mundo es, a veces, ocasionalmente, un lugar despiadado, frío, duro y cruel. Y no te queda mucho tiempo para hacer las putas cosas que querés hacer. Y se te llena la cabeza de preocupaciones, de ideas, de todo lo que tenés que hacer mañana y pasado y la otra semana y todo lo que se viene encima. Y nada.

Quisiera decirte que todo tiene solución, pero no me gusta mentirle a la gente. Deberías relajarte. Vivir el maldito ahora y mandar para la mierda todo lo que tenés pendiente, al menos una noche, quedarte en silencio, respirar y disfrutar del silencio y la compañía. Relajar el pony. Ver la película que tenés en frente, reírte, comer crispetas, volver a reírte, reírte si te vuelven a dar ganas. Las ocupaciones van a seguir ahí, esperándote igual. Relajar el pony. Viajar por la noche, la ciudad. Ir en el transporte público, por fortuna sentado, y oír algo de Soda y Cerati. La ciudad de la furia. Sonreír. Relajar el pony. Sonreír.

jueves, 4 de agosto de 2016

No hubo palabras



Alguna vez un amigo me dijo que, ante un momento aciago en la vida, uno de esos instantes en que el cielo es nublado, que los ánimos están turbios, las personas no necesitaban palabras, que las palabras no podían tal vez expresar nada. Así, en ese estado, no servían las palabras. Que a veces las palabras solo necesitaban la compañía, tal vez silenciosa de nosotros, estar ahí. Que ese silencio sería más conveniente y acompañador que cualquier otra cosa.

Y llegó ese momento en que no pude decirle nada a mi amigo. Sabía que nada de lo que expresara tendría sentido o aliviaría su pena. Solo pude abrazarlo y decirle que lo quería. Solo eso. Nada más.

jueves, 9 de junio de 2016

Casi obsceno



Si quisieras oír lo que me digo en la almohada
el rubor de tu rostro sería la recompensa
Son palabras tan íntimas como mi propia carne
que padece el dolor de tu implacable recuerdo

Te cuento    ¿Sí?    ¿No te vengarás un día?    Me digo:
Besaría esa boca lentamente hasta volverla roja
Y en tu sexo el milagro de una mano que baja
en el momento más inesperado y como por azar
lo toca con ese fervor que inspira lo sagrado

No soy malvado Trato de enamorarte
Intento ser sincero con lo enfermo que estoy
y entrar en el maleficio de tu cuerpo
como un río que teme al mar pero siempre muere en él.

Raùl Gómez Jattin.

jueves, 28 de abril de 2016

¿Así que quieres ser escritor?



Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

C. Bukowski

martes, 26 de abril de 2016

Solo ante el peligro



Para hablar de ti no sirve un poema.
Tal vez una vieja canción del Oeste,
Una canción que diga de aquel hombre solo
Que va por el mundo
Jugando a los vaqueros. Una canción
Que recuerde las ciudades
Que el hombre lleva en la memoria,
Donde siempre hubo un duelo,
Un bar y una mujer. Una canción
Que hable de los largos caminos
Que nunca acaban
Y el hombre en su caballo
Hacia cualquier parte.
Nadie sabe su nombre porque así
Lo quiso él, aunque, con frecuencia,
En las noches luminosas
El hombre eche de menos una palabra
Tierna y tal vez llore.
Una canción que diga de la mujer
Que en cada pueblo deja,
Sentada en la barra de una cantina,
Recordando al hombre
Y sus borracheras de matón
Y sus agresivos momentos de soledad
Y sus monólogos agrios con fantasmas
Y su tierna intimidad al amanecer
Y su incontenible ansiedad
Por sentir el pie en el estribo, nuevamente.
Una canción que hable de ti, Juan.

miércoles, 20 de abril de 2016

Clic



Hace poco envíe este texto para los muchachos de Tejiendo Versos y ellos, muy amables, muy queridos, me publicaron. Esto, a medio camino entre cuento, poesía, anécdota, no sé, es el resultado de una mañana de inspiración y serendipia.

Resulta increíble que en este planeta, con sus ciudades grises y lacónicas habitadas por millones y millones de personas, caminemos por ahí sin poder conectar con alguien, con alguien y hacer clic, con quien sentirnos plenos y a gusto para dejar vislumbrar, asomar, atisbar una muestra del universo que nos habita.

(Esas nebulosas que nos llenan los espacios vacíos, las constelaciones que tejen nuestro firmamento, los cometas raudos que de cuando en cuando nos sorprenden a nosotros mismos, el polvo del que estamos hechos, los soles que al interior nuestro se apagan.)

Nos sentamos en un café, un bar, quizás un restaurante, tal vez la silla de un bus y esperamos poder conversar con esa persona que nos acompaña sobre ese algo que nos agobia, pide salir, darle alas, entregárselo a los hados, que las ideas correteen traviesas afuera. “¿Ha leído usted a Carranza, la hija? Es que hoy vengo tan lleno de ausencia, de un dolor tan cercano a los versos de ella.” Pero no; difícilmente intercambiaremos nuestras impresiones del clima, de lo mal que funciona el sistema de salud en nuestro país y de una familiar que se fue al extranjero porque acá todo está caro, todo está muy duro, hasta luego, que tenga un buen día.

Pero no.

Vamos por ahí buscando, esperando esa señal del destino. Las calles siguen llenándose de autos, de gente, de afanes y cotidianidades; de falsos redentores, angustiados redimidos; de pesares, dolores y vacíos, de las lágrimas que aún no se han derramado, de las historias que están por vivirse, de los adioses no pronunciados.

Los amigos, esa familia a la cual por elección se pertenece, nos acompañan por instantes, mas hace falta ese clic, esa conexión, ese algo más allá de toda corporalidad, trato, relación que establecemos.

Aun así, falta algo.

Quizás una tarde o una noche indeterminada, no precisada en el tiempo, quieren las tejedoras de los hilos del destino que dos seres humanos se conecten, sin buscarlo, sin motivo alguno, un par de líneas, un libro, unos cuantos verbos, sin adjetivos.

Poco a poco, con la paciencia con que se hilan y entrelazan las historias, ambos personajes (seleccionados al azar entre esos millones y millones que habitan y deambulan las grises y lacónicas ciudades) hacen clic y sin mayores ambiciones se asoman en el universo del otro, se dan a conocer los satélites, los asteroides, los cometas erráticos. De a poco pasean por ese cosmos interno. Y se conectan.

No importa si habitan universos de prosa o de poesía; no importa si las canciones que escuchan son disimiles o si uno siente la magia de la tierra y el otro percibe lo convulsionado de las avenidas. No importa, incluso, si uno respira el gélido aire de las calles capitalinas y el otro se mueve en las cálidas (y a veces intoxicantes) calles de una ciudad cercana al Pacífico. Pero sonríen porque existen.

Serendipia.

miércoles, 2 de marzo de 2016

La banda sonora de mi vida - Volumen 4: 10 canciones de Bon Jovi que deberían sonar más a menudo



El año pasado, en twitter, hice una lista de diez canciones que a mi juicio deberían sonar más a menudo, que deberían conocerse más. Pero, como todo, esta es una lista basada en mis gustos, no hace parte de un estudio selecto ni en sondeos, nada. Y hoy, con ocasión del cumpleaños del líder de esta banda, el cuarto volumen de la Banda Sonora, va dedicado a esas canciones que sí.

Algunas son canciones que poco han sonado en la radio, otra (como en el caso que verán más adelante) es una canción cuya versión en concierto (e interpretada por Sambora en el Madison Square Garden en el 2011) debería sonar más en los bares. 

10. Porque Sambora hace de "I'll be there for you" algo etéreo, sublime, único, especial.

9. Una canción para decir que no, que uno no está preparado para dejar ir a esa persona que de verdad ama, que de verdad quiere: I'd die for you

8. ¿Nada parece ir bien? ¿Nada le sale cómo usted quiere? Quéjese con el de arriba: Hey God

7. Por si usted, estimado lector, es el mocito, el "arrocito en bajo" de alguien. Damned if you love me, damned if you don't. It's getting harder holding on, but I can't let you go: Damned

6. No siempre el amor es fácil y los tiempos no están sincronizados: Wild is the wind

5. Canción para cuando por dentro uno se siente como un lunes, porque del próximo fin de semana nos separan solo unos pocos días. Someday I'll be saturday night

4. No se les olvide nunca, gente, que el amor es la única regla. Love is the only rule

3. Por si terminó odiando a quien amaba, si con el tiempo dejó de conocerle. Every broken heart is tryin' to even the score. It's the way of the world, Love is war.

2. ¿Una canción para decir adiós? I never wanted the stars, I never wanted the moon, I like them right where they are, all I wanted was you. I want you.

1. Una canción para los amigos de toda la vida. Blood on blood





viernes, 19 de febrero de 2016

Seda



58.

[...]

-Mi señor amado
Dijo
-no tengas miedo, no te muevas, quédate en silencio, nadie nos verá

59.

PERMANECE ASÍ, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estas, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego.

dijo Madame Blanche, Hervé Joncour escuchaba

no abras los ojos si no puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así. sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia su sexo, te lo ruego, despacio.

ella se detuvo. Continúe, por favor, dijo él,

es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos tendrás mi piel.

dijo ella, leía despacio, con una voz de mujer niña,

tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso.

él escuchaba inmóvil, del bolsillo del traje gris asomaba un pañuelo blanco cándido,

tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco.

Dijo ella, tenía la cabeza pegada a las hojas, y con una mano se acariciaba el cuello, lentamente

Dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo.

él escuchaba, tenía la mirada fija en un marco de plata, colgado en la pared,

hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tu serás mío para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda,tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran.

Dijo ella, se había inclinado hacia la lámpara, la luz daba contra los folios y pasaba a través de su vestido trasparente,

Tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz 

él escuchaba, en determinado momento se volvió a mirarla, la vio, quería bajar los ojos pero no lo consiguió,

mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mi, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia temiéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y en este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin,

dijo ella, con un hilo de voz, luego se detuvo.

No había más signos sobre la hoja que tenía en la mano: la última. Pero cuando la volteó para dejarla vio en el reverso unas líneas adicionales, tinta negra en el centro de la página blanca. Alzó la mirada hacia Hervé Joncour . Sus ojos la miraban fijamente, y ella entendió que eran ojos bellísimos. Bajó de nuevo la mirada al folio.

-No no veremos más, señor

Dijo.

-Lo que era para nosotros, ya lo hemos hecho y tú lo sabes. Créeme: lo hemos hecho para
siempre. Conserva tu vida al margen de mí. Y no dudes ni un segundo, si es útil para tu
felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin remordimiento, adiós.

Seda, Alessandro Baricco.