lunes, 5 de septiembre de 2016

Algo que aún no sabemos



Imaginemos juntos una situación, amigo lector. Una tarde un hombre de 30 y algo sale a encontrarse en un centro comercial con una amiga con la que no se ve hace un buen tiempo. No importa el nombre de este hombre, tampoco importa su apariencia, que nos baste con crear una imagen de él a partir de unas pocas coordenadas o instrucciones: digamos que no es feo, no es alto, no es atlético; es, por así decirlo, un hombre que pasaría por nuestro lado y no llamaría nuestra atención.

Entonces este hombre sale de trabajar y va a encontrarse con su amiga. Pero esta amiga no está sola, la acompaña una mujer de 20 y algo, casi treinta. Andan juntas porque es una de esas tardes en las que las amigas aprovechan que pudieron salir temprano y se fueron a recorrer vitrinas, tomar algo y charlar. Fue en el transcurso de esa tarde que la amiga en común llamó a nuestro hombre y quedaron de verse.

Y así como no importa mucho cómo es nuestro hombre, tampoco nos interesa cómo es nuestra mujer.

Nuestro hombre llega, se encuentra con su amiga y con nuestra mujer y siente algo, una corriente, electricidad, un flechazo, algo que no podemos precisar ni esclarecer, algo así, indeterminado. Digamos que nuestra mujer le llamó la atención, le pareció interesante, llamativa. Los románticos, los eternos enamorados del amor preferirán decir que fue amor a primera vista; los racionales al extremo preferirán establecer una teoría a partir de la química corporal, las feromonas, todo eso; los lectores de intereses más espirituales podrían decir que sus energías vibraron en la misma frecuencia. Por eso solo quiero decir que nuestro hombre sintió tan solo algo.

Y ese algo bastó para que pensara en nuestra mujer, en que quería charlar de nuevo con ella, en otro lugar, otro contexto. Más tarde, a solas, la amiga le dice que invite a esa mujer a salir, que no lo piense tanto, que la invite a salir.

Es ahí donde los universos múltiples entran en escena, porque es a partir de una serie de decisiones que tomamos o no, o que postergamos o que dejamos pasar sin hacer nada (para razones metafísicas, no hacer algo es hacer algo) que van definiendo nuestro camino, nuestro universo.

Nuestro hombre podría llamar a nuestra mujer y decirle, luego de un par de minutos de charla, que deberían verse, tomar un café o un par de cervezas, charlar frente a frente, cosas de esas que se suelen hacer cuando se invita a salir por primera vez. Pero él también podría decidir que no, que eso algo que sintió es solo eso, algo, que no quiere malgastar esfuerzos, que va a esperar tiempo para dejar si es ella la que lo busca, que tal vez ese algo no es lo suficiente algo, lo bastante algo como para pasarlo a otro nivel, excusas y pretextos los hay por montones.

Pero también pensemos en las posibilidades de nuestra mujer. La amiga en común le dice a ella, con esa sutileza que caracteriza a algunas celestinas, que es evidente que entre los dos hubo algo, que se notó que hubo un chispazo, una conexión, que se llamaron la atención, se atrajeron, algo. Nuestra mujer podría admitir que hubo algo, pero que ese algo no es tan fuerte, que mejor esperar; o su experiencia (y sus decisiones anteriores) le han enseñado que es preferible ignorar ese algo (porque nada bueno sale de esos algo inesperados, mejor dejar así, mejor dejar que nuestro hombre la busque, permitir que el tiempo madure o no ese algo, diversas razones hay para esperar, lo sabemos). Pero también podría decir que no, que ese algo que la amiga en común creyó sentir es solo imaginación, también existe esa posibilidad.

Nuestro hombre le pide a la amiga en común el número de nuestra mujer, decide llamarla e invitarla a salir. Y dentro de todo ese abanico de opciones, ella acepta la invitación.

Salen y encuentran que ese algo en particular es nada. O bueno, no es algo de lo que pueda surgir un más allá que los lleve a relacionarse a ese nivel. Es un algo que los hace ser buenos amigos, afines, que charlan rico, que comparten cosas.

O salen y se enteran que ese algo los despistó. En realidad ambos chocan como seres humanos, se caen mal, al borde del odio, y deciden no volver a llamarse, salir, ni siquiera preguntar por el otro a la amiga en común.

O él llega y ella no alcanza a llegar. Ella llega y a él le ocurre algo en el camino. Ambos no pueden llegar. El abanico de opciones que se pueden presentar es infinito, amigo lector. Esa es la ley del universo.

También puede suceder que salen y ese algo florece con timidez. Y va creciendo, fortaleciéndose con cada roce de las manos, con cada mirada, con cada conversación que tienen, el suspiro a las tres de la tarde, el decir (no importa quién lo diga) “justo en este momento pensaba en vos”, compartir una película, contradecirse, encontrarse un momento para tomar algo, así como cuando ese algo que usted y yo, amigo lector, hemos encontrado en nuestras vidas, en nuestros caminos va creciendo, generando más y más caminos y opciones.

Ese algo entre nuestro hombre y nuestra mujer va creciendo. Sí, se gustan. Y puede que salgan por un buen tiempo y encuentren que el sexo entre los dos es la experiencia más decepcionante de sus vidas; es posible que ese algo se convierta en una de esas relaciones en las que el sexo es lo único que une a dos personas, así como es posible (porque antes ha sucedido) que de solo tener sexo comiencen a desarrollar algo, salen juntos unos dos o tres meses y se dan cuenta que no, que no funcionan, o deciden que estar juntos los hace felices, les gusta y deciden comprometerse. También es posible que no, que solo les interese el buen sexo que ambos tienen y prefieren no tirar de los hilos del destino.

Y aún en el caso de que nuestro hombre y nuestra mujer decidan ser novios, se siguen presentando infinitas posibilidades. Él le es infiel, a ella le aparece un ex del pasado, a él le sale una beca para estudiar en el exterior, a ella la transfieren a otra ciudad, a él le entra la idiotez de “no eres tú, soy yo”, a ella le parece que él no la llena por completo, él entra en crisis, ella conoce a otro hombre que le produce más que ese algo que nuestro hombre le produce. Vaya, tanto usted, amigo lector, como yo sabemos que el camino es culebrero, y que las historias del universo de “felices por siempre” solo suceden en los cuentos de hadas.

Supongamos que ese noviazgo sobrevive a una combinatoria de posibilidades, entresijos, vericuetos y vertientes que les surjan en el camino. Entonces llega el momento en que uno de los dos decide llevar esa relación a otro nivel, que es hora de dar el gran paso (aquí gran paso tiene matices, puede ser vivir juntos, casarse, tener un hijo o no, eso, con toda la infinitud de opciones que vienen: aceptar, decir que no, aceptar y que no funcione, decir que no y luego arrepentirse, o, dado el caso, que ambos decidan que mejor seguir así y no tentar al destino).

Y dan ese paso. Y son felices. O no. Las opciones del universo son infinitas.

Entonces volvamos a ese momento de donde habíamos partido, a nuestro hombre, en lo que denominados el presente, cuando aún tiene 30 y algo y no se decide a llamar a nuestra mujer, cuando hay un algo ahí, en medio. ¿Qué podría hacer nuestro hombre? ¿Arriesgarse y llamarla, ser osado, igual no hay nada que perder? ¿Dejar así, simplemente?

Ante esa incertidumbre se encuentra nuestro hombre. Sabe que en algún momento se verá con ella, que es probable que vuelvan a encontrarse y es en ese instante donde tomará una decisión. Y no sabemos ante esa acción, qué hará nuestra mujer. Tal vez decida ella llamarlo, tal vez lo esté pensando algo, tal vez se decida ella a actuar, tal vez espere el primer movimiento de él para devolver la pelota, como en un partido de tenis. Así. Y nosotros, tanto usted amigo lector, como yo que escribo esto, no sabemos qué va a pasar. No sabemos.

martes, 30 de agosto de 2016

A la memoria de Jairo Aníbal Niño



Supe que te amaba -más allá de toda duda- el día en que estabas colocando un clavo en la pared y te golpeaste con el martillo y a mí me empezó a sangrar el dedo pulgar. (A la memoria de Jairo Aníbal Niño)

martes, 23 de agosto de 2016

Relajar el pony



El mundo es, a veces, ocasionalmente, un lugar despiadado, frío, duro y cruel. Y no te queda mucho tiempo para hacer las putas cosas que querés hacer. Y se te llena la cabeza de preocupaciones, de ideas, de todo lo que tenés que hacer mañana y pasado y la otra semana y todo lo que se viene encima. Y nada.

Quisiera decirte que todo tiene solución, pero no me gusta mentirle a la gente. Deberías relajarte. Vivir el maldito ahora y mandar para la mierda todo lo que tenés pendiente, al menos una noche, quedarte en silencio, respirar y disfrutar del silencio y la compañía. Relajar el pony. Ver la película que tenés en frente, reírte, comer crispetas, volver a reírte, reírte si te vuelven a dar ganas. Las ocupaciones van a seguir ahí, esperándote igual. Relajar el pony. Viajar por la noche, la ciudad. Ir en el transporte público, por fortuna sentado, y oír algo de Soda y Cerati. La ciudad de la furia. Sonreír. Relajar el pony. Sonreír.

jueves, 4 de agosto de 2016

No hubo palabras



Alguna vez un amigo me dijo que, ante un momento aciago en la vida, uno de esos instantes en que el cielo es nublado, que los ánimos están turbios, las personas no necesitaban palabras, que las palabras no podían tal vez expresar nada. Así, en ese estado, no servían las palabras. Que a veces las palabras solo necesitaban la compañía, tal vez silenciosa de nosotros, estar ahí. Que ese silencio sería más conveniente y acompañador que cualquier otra cosa.

Y llegó ese momento en que no pude decirle nada a mi amigo. Sabía que nada de lo que expresara tendría sentido o aliviaría su pena. Solo pude abrazarlo y decirle que lo quería. Solo eso. Nada más.

jueves, 9 de junio de 2016

Casi obsceno



Si quisieras oír lo que me digo en la almohada
el rubor de tu rostro sería la recompensa
Son palabras tan íntimas como mi propia carne
que padece el dolor de tu implacable recuerdo

Te cuento    ¿Sí?    ¿No te vengarás un día?    Me digo:
Besaría esa boca lentamente hasta volverla roja
Y en tu sexo el milagro de una mano que baja
en el momento más inesperado y como por azar
lo toca con ese fervor que inspira lo sagrado

No soy malvado Trato de enamorarte
Intento ser sincero con lo enfermo que estoy
y entrar en el maleficio de tu cuerpo
como un río que teme al mar pero siempre muere en él.

Raùl Gómez Jattin.

jueves, 28 de abril de 2016

¿Así que quieres ser escritor?



Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

C. Bukowski

martes, 26 de abril de 2016

Solo ante el peligro



Para hablar de ti no sirve un poema.
Tal vez una vieja canción del Oeste,
Una canción que diga de aquel hombre solo
Que va por el mundo
Jugando a los vaqueros. Una canción
Que recuerde las ciudades
Que el hombre lleva en la memoria,
Donde siempre hubo un duelo,
Un bar y una mujer. Una canción
Que hable de los largos caminos
Que nunca acaban
Y el hombre en su caballo
Hacia cualquier parte.
Nadie sabe su nombre porque así
Lo quiso él, aunque, con frecuencia,
En las noches luminosas
El hombre eche de menos una palabra
Tierna y tal vez llore.
Una canción que diga de la mujer
Que en cada pueblo deja,
Sentada en la barra de una cantina,
Recordando al hombre
Y sus borracheras de matón
Y sus agresivos momentos de soledad
Y sus monólogos agrios con fantasmas
Y su tierna intimidad al amanecer
Y su incontenible ansiedad
Por sentir el pie en el estribo, nuevamente.
Una canción que hable de ti, Juan.

miércoles, 20 de abril de 2016

Clic



Hace poco envíe este texto para los muchachos de Tejiendo Versos y ellos, muy amables, muy queridos, me publicaron. Esto, a medio camino entre cuento, poesía, anécdota, no sé, es el resultado de una mañana de inspiración y serendipia.

Resulta increíble que en este planeta, con sus ciudades grises y lacónicas habitadas por millones y millones de personas, caminemos por ahí sin poder conectar con alguien, con alguien y hacer clic, con quien sentirnos plenos y a gusto para dejar vislumbrar, asomar, atisbar una muestra del universo que nos habita.

(Esas nebulosas que nos llenan los espacios vacíos, las constelaciones que tejen nuestro firmamento, los cometas raudos que de cuando en cuando nos sorprenden a nosotros mismos, el polvo del que estamos hechos, los soles que al interior nuestro se apagan.)

Nos sentamos en un café, un bar, quizás un restaurante, tal vez la silla de un bus y esperamos poder conversar con esa persona que nos acompaña sobre ese algo que nos agobia, pide salir, darle alas, entregárselo a los hados, que las ideas correteen traviesas afuera. “¿Ha leído usted a Carranza, la hija? Es que hoy vengo tan lleno de ausencia, de un dolor tan cercano a los versos de ella.” Pero no; difícilmente intercambiaremos nuestras impresiones del clima, de lo mal que funciona el sistema de salud en nuestro país y de una familiar que se fue al extranjero porque acá todo está caro, todo está muy duro, hasta luego, que tenga un buen día.

Pero no.

Vamos por ahí buscando, esperando esa señal del destino. Las calles siguen llenándose de autos, de gente, de afanes y cotidianidades; de falsos redentores, angustiados redimidos; de pesares, dolores y vacíos, de las lágrimas que aún no se han derramado, de las historias que están por vivirse, de los adioses no pronunciados.

Los amigos, esa familia a la cual por elección se pertenece, nos acompañan por instantes, mas hace falta ese clic, esa conexión, ese algo más allá de toda corporalidad, trato, relación que establecemos.

Aun así, falta algo.

Quizás una tarde o una noche indeterminada, no precisada en el tiempo, quieren las tejedoras de los hilos del destino que dos seres humanos se conecten, sin buscarlo, sin motivo alguno, un par de líneas, un libro, unos cuantos verbos, sin adjetivos.

Poco a poco, con la paciencia con que se hilan y entrelazan las historias, ambos personajes (seleccionados al azar entre esos millones y millones que habitan y deambulan las grises y lacónicas ciudades) hacen clic y sin mayores ambiciones se asoman en el universo del otro, se dan a conocer los satélites, los asteroides, los cometas erráticos. De a poco pasean por ese cosmos interno. Y se conectan.

No importa si habitan universos de prosa o de poesía; no importa si las canciones que escuchan son disimiles o si uno siente la magia de la tierra y el otro percibe lo convulsionado de las avenidas. No importa, incluso, si uno respira el gélido aire de las calles capitalinas y el otro se mueve en las cálidas (y a veces intoxicantes) calles de una ciudad cercana al Pacífico. Pero sonríen porque existen.

Serendipia.