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Hoy me desperté y luego de mi rutina de lectura (para aprovechar el silencio y la quietud del hogar), me puse a recoger poco a poco el desorden acumulado alrededor. Los carros, los libros, los zapatos pequeños que se estrenaron hace rato, la ropita que se deja por ahí cuando estás cambiando de afán al niño, los bloques de plástico, la basura que se va quedando, las cosas que el toddler movió de lugar.
Me pregunté si acaso ese desorden, más allá del impulso de ordenar (como si fuera la diástole y la sístole de una casa), no era una manifestación de la fuerza vital de sus habitantes.
Eso. O que también me di una pasada ayer por este blog buscando una cita de un libro que sabía que había publicado en algún momento por acá (la encontré para mayor seña entre los archivos de 2013) y me encontré con la sorpresa de que don Albertico (o el Mantra, o el Caleño, o como sea la forma en que él se refiera a sí mismo), estaba escribiendo por acá. Y quise también hacer lo mismo.

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