Me llamo Diego Alejandro. A veces me pregunto si lo que tengo es una pereza muy horrible o una depresión bien espantosa. Uno de mis miedos más ilógicos, absurdos, extraños e irracionales es que una persona me pueda leer la mente. No me gusta el fútbol, ni siquiera lo veo en televisión, pero soy seguidor del América de Cali. Me gusta bailar, pero las personas que me atraen no saben hacerlo. Odio eso. Podría definirme como persona en situación de ansiedad. A veces me da envidia la forma en que cierta gente habita las palabras, porque hablan en idioma de poeta. Me gusta comer lulos y tomates de árbol, como si fueran mangos: pelados y en trozos pequeños. Me cuesta conectarme con mis emociones, a veces pienso que estoy en medio de una nebulosa que no me deja ver qué estoy sintiendo. Mi número favorito es el 11. Quiero volver a Buenos Aires, Ciudad de México y Río de Janeiro. Me gustan las historias sobre personajes que buscan su lugar en el mundo, creo que conectan conmigo, con la búsqueda de una voz propia. Amo el color negro. El compilado de columnas periodísticas de Leila Guerriero es el libro más lindo de poesía que he leído. Odio la expresión “placer culpable”, pienso que no podés sentir culpa porque algo te produce placer (a menos que seas un pederasta o un zoófilo). Quiero estar vivo para cuando la humanidad tenga contacto con alguna civilización extraterrestre. La última vez que lloré en cine fue con ‘Past lives' de Celine Song. Detesto pensar de mil formas distintas las cosas, darles vueltas una y otra vez. Pienso, como dijo el juglar vallenato, que la herida que siempre llevo en el alma no cicatriza. No tengo la más mínima idea de cómo terminar este texto, pero aquí estoy, haciéndolo.

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